¿Te puedes imaginar un paraje boscoso en una región que se supone semidesértica? Tal vez sea fácil, pero estar ahí implica entrar
en otra realidad. Vas por la carretera núm. 57 viendo esos paisajes de poco contraste cromático, por sus colores pardos y cenizos,
sus lomeríos verde-grisáceos o azules los del horizonte; paisajes divididos por la cinta asfáltica, de rectas muy largas y pocas curvas.
Te desvías rumbo a Guadalcázar y notas cómo va cambiando el escenario, aunque todavía es de aspecto árido. Más adelante tomas
una desviación a la izquierda para ir a El Realejo... de pronto caes en cuenta de que el clima es más templado, que hay pinos y
encinos, pero geográficamente todavía es el Altiplano. ¡Vaya contraste de bienvenida a un paraje donde puedes practicar ecoturismo
y turismo de aventura!
El Realejo es un pueblo muy pequeño, sin grandes atractivos arquitectónicos, excepto por su iglesia, de fachada en piedra y cantera.
Son más sobresalientes los cerros alrededor, como el de Las Comadres, con sus grandes peñas. Puedes subirlo haciendo senderismo y
si te da curiosidad saber por qué lo llaman así, pregúntale a tu guía o a los lugareños, y escucharás una leyenda muy divertida que
habla de envidias y de un castigo divino.
Esta región fue minera y existen algunas aldeas abandonadas, verdaderamente fantasmales. Una de ellas es La Trinidad, a donde se
puede llegar consiguiendo caballos y un guía en El Realejo, o bien, dándole duro a tu bicicleta de montaña.
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